Redefiniendo el libre albedrío
Publicado el 17/03/2026

Cada día tomamos cientos de decisiones: elegir un camino, detenernos ante una señal, confiar o no en alguien… Y lo más curioso es que muchas las tomamos incluso antes de ser conscientes de ellas. Como si nuestro cerebro tuviera un «piloto automático» que nos permite actuar con rapidez y guía nuestras elecciones de manera casi imperceptible. Pero ¿sabemos cómo funciona y por qué decide lo que decide? ¿Somos realmente libres o dependemos de él?
Detrás de cada decisión se esconden procesos invisibles y complejos que investigadores como Joseph Paton, director del Programa de Neurociencia Champalimaud e investigador principal de la Fundación Champalimaud en Lisboa, intentan descifrar a través de la neurobiología del comportamiento: circuitos neuronales que evalúan recompensas, anticipan consecuencias y ajustan nuestra respuesta de forma casi automática.
Al mismo tiempo, expertos en psicología del comportamiento, como la becaria Paula Barea, psicóloga especializada en ciencias cognitivas de la Universidad de Sevilla, analizan la manera en que la experiencia, el entorno y el aprendizaje van moldeando nuestras elecciones.
Hoy conversamos con ambos acerca de lo que se esconde detrás de nuestras elecciones y de qué modo el conocimiento actual sobre cómo decidimos nos dice mucho sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. ¿Decidimos realmente por voluntad propia o nuestro cerebro ya ha decidido antes de que nos demos cuenta?
Empezamos con la que quizá es la pregunta más obvia, pero también la más difícil: ¿quién decide dentro de nuestro cerebro?
«Imagina que tienes que elegir entre un trozo de tarta de queso y una manzana como postre o entre relajarte viendo una serie e irte a correr. En las dos situaciones tienes una opción que te va a dar un placer más inmediato, pero a la larga tiene mayor coste, y una opción que quizás te apetezca menos, pero sabes que va a ser más satisfactoria a la larga. Cuando intentas decidir qué hacer hay circuitos neuronales y diferentes áreas dentro de tu cerebro que están interviniendo para medir el coste-beneficio de cada opción», nos explica Joseph, que aclara: «Por ejemplo, el valor hedonístico instantáneo que te da el sabor dulce de la tarta de queso vive en un espacio diferente del cerebro que el valor de la satisfacción de comerte una manzana y sentir que estás cuidando mejor de tu salud futura».
Joseph nos explica que, de alguna manera, «el cerebro opera jerárquicamente, analizando esta información en múltiples escalas temporales y niveles de abstracción, aunque también lo hace en paralelo. Así que hay muchos circuitos activos a la vez luchando por controlar tu conducta, tu decisión final».

Joseph Paton
Que ganen unos u otros valores, con recompensas más o menos inmediatas, depende de muchos factores, de cada persona, de cada momento. En todo caso, son decisiones que se toman muy rápidamente, a veces sin que tengamos la sensación ni siquiera de que hayamos decidido.
Pero ¿por qué funciona nuestro cerebro así? ¿Por qué tenemos esa tendencia a decidir sin darnos cuenta?
Paula nos cuenta que ya nacemos con esa capacidad. «Los primates, tanto los humanos como los no humanos, hemos evolucionado para desarrollar estos sistemas de decisión rápidos y automáticos que permiten aumentar la probabilidad de escoger la alternativa más beneficiosa. Minimizan riesgos potencialmente letales y maximizan recompensas relevantes para la supervivencia».
Tanto Joseph como Paula hablan de recompensas. ¿Decidimos inconscientemente qué recompensas nos resultan más valiosas?
Joseph afirma que, en el aspecto neurobiológico, los sistemas de recompensa —en concreto, a través de la liberación del neurotransmisor dopamina— son componentes fundamentales, pero tienen un papel más complejo de lo que la gente cree. «En la cultura popular existe la idea de que la dopamina es una señal cerebral que indica placer. Sin embargo, las neuronas dopaminérgicas, las que liberan la dopamina, lo que señalan sobre todo es cuando nuestro cerebro predice que va a llegar una determinada recompensa y en realidad no es así. Estos errores de predicción, bien porque la recompensa es mayor que la esperada, bien porque la recompensa es menor, son la base del aprendizaje por refuerzo. Permiten recalibrar nuestras expectativas sobre la cantidad de placer que vamos a obtener en un determinado momento o ante un determinado estímulo. A través de la dopamina y gracias a la plasticidad cerebral, podemos recoger información sobre lo que vivimos y saber lo que nos ha dado buenas recompensas y lo que no. En esto consiste la intuición». Aquello que vivimos como una corazonada, por tanto, son en realidad capas de conocimiento pasado que hemos acumulado inconscientemente y que nos proveen con un mapa mental de lo que es bueno para nosotros y lo que no. «Los algoritmos computacionales que están en el corazón de la mayoría de los modelos de inteligencia artificial se basan en este tipo de errores de predicción para aprender a conducirse de forma apropiada en entornos complejos, y hay mucha evidencia de que nuestro cerebro utiliza algoritmos similares también», añade Joseph.
Estos mecanismos neuronales nos vienen de serie, nacemos con ellos y la experiencia personal configura la forma en que se desarrollan. Paula nos lo explica: «Un ejemplo es cuando en un contexto social decidimos intervenir en una conversación y hacer algún comentario. Aunque tengamos la sensación de que hemos decidido empezar a hablar de manera espontánea, esta conducta está modelada por años de aprendizaje en contextos sociales. Hemos aprendido a captar cuándo es apropiado tomar el turno de palabra y qué clase de aportación es pertinente en cada contexto. No necesitamos ser conscientes de las experiencias pasadas en las que quizás interrumpimos demasiado pronto o hablamos de más para añadir ese aprendizaje a nuestro repertorio conductual e iniciarlo automáticamente en el contexto adecuado. La experiencia y el aprendizaje previo que hemos adquirido a lo largo de la vida forman esquemas cognitivos sobre cuya base operamos en el mundo, y estos nos permiten reconocer patrones de manera implícita. Cuando nos enfrentamos a varias alternativas, se activan procesos automáticos basados en dichos esquemas que nos permiten resolver el problema y tomar una decisión».

Paula Barea
Pero también hay decisiones que se han aprendido incluso antes de nacer. Tenemos un conocimiento ancestral que hemos heredado de nuestros antepasados, incluso de antepasados no humanos: los sesgos cognitivos, mecanismos automáticos que hemos adquirido evolutivamente para resolver problemas de manera automática. Paula nos lo explica un poco mejor: «No sería eficiente destinar nuestros limitados recursos a cada una de las decisiones que tenemos que tomar, y los sesgos cognitivos nos ayudan a decidir», nos dice Paula. «Un ejemplo de esto es el “efecto de encuadre”. Las personas pueden tener opiniones favorables sobre un tratamiento médico cuando se indica que salva el 90 % de las vidas, mientras que pueden tener opiniones muy negativas sobre un tratamiento que pierde al 10 % de los pacientes. En realidad, los dos tratamientos son exactamente iguales. Pero según cómo se presenta la misma información, aunque el resultado objetivo y todos los datos sean idénticos, las personas emiten juicios diferentes. Esto también ocurre en primates no humanos. En un estudio, un grupo de monos capuchinos (Cebus apella) prefería recibir siempre un trozo de manzana y a veces ganar un trozo adicional extra a recibir siempre dos trozos de manzana y perder a veces uno de los trozos. El resultado, la cantidad final, era la misma en ambas opciones».
Paula nos explica que «aunque los humanos, en teoría al menos, podemos razonar y darnos cuenta del error porque tenemos el lenguaje y el pensamiento abstracto y simbólico, este sistema de toma de decisiones más sofisticado y consciente no sustituye al sistema automático; ambos sistemas trabajan paralelamente y predomina uno u otro dependiendo de las demandas del contexto».
Entonces, ¿podríamos decir que existen diferentes tipos de decisiones? ¿Decisiones más automáticas, basadas en nuestro pasado evolutivo; otras, también automáticas, pero basadas en nuestro aprendizaje a través de experiencias pasadas, y otras no automáticas, más racionales y conscientes, en las que nos tomamos nuestro tiempo? ¿Está cada una de ellas controlada por diferentes circuitos neuronales?
«Las decisiones forman parte de un espectro y, de hecho, en diferentes ámbitos de la neurobiología, el concepto decisión puede ser tratado de forma distinta», nos explica Joseph. «Por ejemplo, un científico cognitivo te puede decir que las decisiones requieren una inspección previa de diferentes opciones y una deliberación que lleva a una elección, lo cual estaría relacionado con las decisiones que se toman en circuitos de alto nivel, que están en la corteza prefrontal y otras áreas corticales muy sofisticadas y ligadas a funciones ejecutivas y complejas. Pero también hay otras decisiones, las que se toman inconscientemente y tienen que ver con nuestras conductas habituales, cotidianas, que se procesan en circuitos de más bajo nivel, en zonas subcorticales. Y por último, otros investigadores considerarán que, cuando tu espina dorsal “elige” activar tu músculo cuádriceps porque tu médico te da en la rodilla con un martillo de reflejos, ahí hay una decisión, aunque sea muy automatizada».
¿Y las emociones? ¿También influyen en la forma en que decidimos? Paula nos contesta con rotundidad: «Sí, profundamente. Desde un punto de vista analítico, el objetivo siempre es escoger la opción con el valor de recompensa más alto y las emociones sesgan —es decir, aumentan o disminuyen— nuestra percepción de esos valores. Por ejemplo, los pacientes con daño neurológico que afecta al procesamiento de las emociones toman decisiones más arriesgadas, posiblemente porque no experimentan de manera usual el miedo a las consecuencias negativas». Entonces, ¿el daño cerebral puede también influir en cómo decidimos? Joseph nos lo explica: «Sí, diferentes disfunciones neurológicas pueden llevar a una toma de decisiones anómala: desde déficits de percepción a déficits emocionales o a problemas con el procesamiento de las recompensas y problemas con el control de los impulsos. Todo eso lleva a no decidir de forma adecuada. Cuanto mejor conozcamos, al detalle, cómo funciona el proceso de decisión cerebral, mejores opciones tendremos para ayudar a estos pacientes».
¿Podemos las personas modificar nuestros patrones automáticos de decisión para llevar a cabo elecciones más conscientes? «Sí, hasta cierto punto, mediante estrategias como la reestructuración cognitiva, que permite sustituir esquemas previos por otros más adaptativos cuando los sesgos o las emociones juegan en nuestra contra. Además, es posible utilizar el control ejecutivo para usar el sistema de decisión explícito y deliberado en contextos donde antes habríamos respondido de manera automática. De todas formas, nuestro sistema automático de toma de decisiones ha evolucionado para permitirnos resolver problemas de manera rápida y efectiva. Así que, en general, debemos saber que son una herramienta evolutivamente valiosa en un mundo complejo», concluye Paula.
