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¿Podemos evitar las próximas pandemias?

Publicado el 17/07/2026

Enfermedad X. 

Así bautizó en 2018 la Organización Mundial de la Salud (OMS) una patología que, aunque todavía no se conocía (y tal vez ni existía), podía causar una epidemia o pandemia grave en el futuro. 

Apenas dos años después, llegó lo que podría considerarse el primer ejemplo de esa llamada enfermedad X: la COVID-19. 

Desde entonces, el bombardeo constante de titulares sobre nuevos patógenos, alertas sanitarias y brotes (gripe aviar, viruela del mono, ébola, hantavirus…) ha vuelto a alimentar nuestro miedo ante una duda inevitable: «¿Estamos a las puertas de una nueva pandemia?», seguido de un intento de pensamiento tranquilizador: «Después de todo lo aprendido con la COVID-19, seguro que ahora estamos mejor preparados, ¿no? Tal vez incluso podamos evitarla».

Durante mucho tiempo entendimos las pandemias como una parte inevitable de nuestra historia. Sin embargo, la ciencia dispone hoy de herramientas sin precedentes para anticipar, monitorizar y contener las enfermedades emergentes antes de que se conviertan en amenazas globales. La pregunta ya no es solo cuál será la próxima pandemia y cómo responder a ella, sino también hasta qué punto podremos adelantarnos a ella.

De la mano de José Muñoz,  investigador de ISGlobal y jefe del Servicio de Salud Internacional del Hospital Clínic Barcelona, y del becario Gerardo Ceada, responsable del biobanco de zoorganoides del IRTA, exploraremos cómo trabaja hoy la ciencia para detectar riesgos emergentes y qué papel desempeñan la vigilancia epidemiológica, la investigación biomédica y el enfoque de una sola salud (One Health) en la prevención de futuras pandemias. 

 

Más que una intuición 

La sensación de que cada vez aparecen más virus nuevos no es solo una impresión. «En las últimas tres décadas han aumentado considerablemente», explica José Muñoz. El virus del Zika, el MERS-CoV o la propia COVID-19 son algunos de los ejemplos más recientes.

Gerardo Ceada y su equipo en Zoorganoids

Sin embargo, este incremento tiene dos caras. «Por un lado, hoy disponemos de mejores sistemas de vigilancia epidemiológica y diagnóstico que nos permiten detectar brotes que antes habrían pasado desapercibidos. Pero por otro, también estamos asistiendo a un aumento real de los saltos de patógenos entre especies», añade Gerardo Ceada. «Estos casos se conocen como zoonosis», precisa José, «y se estima que son responsables de alrededor del 70 % de las nuevas enfermedades que observamos hoy en día».

 

Con el viento a favor

Que un virus llegue a convertirse en un problema de salud pública rara vez depende del azar. Detrás de la mayoría de las enfermedades emergentes confluyen factores ambientales, sociales y demográficos que crean el escenario perfecto para que un patógeno salte de una especie a otra y después encuentre la manera de propagarse.

«Conocemos bastante bien cuáles son los factores que favorecen la aparición y expansión de estas enfermedades, y muchos de ellos están intensificándose», señala Muñoz. «Uno de los más importantes es el cambio climático, que está modificando la distribución de especies capaces de actuar como reservorios o vectores de enfermedades. Un buen ejemplo de ello es el mosquito tigre, cada vez más extendido en Europa, capaz de transmitir virus como el dengue, el zika o el chikunguña».

A ello se suman la deforestación, la urbanización y la creciente movilidad internacional. «Cada vez existe un contacto más estrecho entre las personas y la fauna salvaje, al mismo tiempo que los desplazamientos facilitan que un brote local pueda extenderse rápidamente», explica Muñoz. La epidemia de ébola de 2014 es una muestra de ello: un brote que probablemente comenzó en una pequeña localidad de Guinea, cuando un niño de dos años entró en contacto con murciélagos mientras jugaba, acabó propagándose hasta dar lugar a la mayor epidemia de esta enfermedad registrada hasta la fecha.

José Muñoz

Por último, otros factores como la pobreza, los conflictos armados, las migraciones o la debilidad de algunos sistemas sanitarios completan el escenario. «En estos contextos resulta más difícil detectar precozmente nuevos patógenos y responder con rapidez, lo que aumenta el riesgo de que un brote local termine adquiriendo una dimensión mucho mayor», añade Muñoz. 

 

Siempre un paso por delante

Durante décadas, los sistemas de alerta epidemiológica se han basado principalmente en la llamada vigilancia pasiva: son los hospitales y centros de salud quienes notifican los casos cuando estos ya han aparecido. «Es un sistema que funciona, pero a veces los casos se detectan tarde o no llegan a notificarse adecuadamente», explica José Muñoz. «El reto ahora consiste en pasar a una vigilancia activa, es decir, no esperar a que un brote sea evidente, sino buscar las primeras señales que indiquen que algo inusual está ocurriendo».

Y gracias a la tecnología, este cambio está siendo posible: desde los algoritmos de IA capaces de analizar millones de datos clínicos en tiempo real hasta el análisis genómico de aguas residuales para detectar patógenos antes de que se expandan, pasando por la vigilancia digital a partir de búsquedas en internet o conversaciones en las redes sociales e incluso el uso de imágenes de satélite para monitorizar variables climáticas relacionadas con determinadas enfermedades. Estos son solo algunos ejemplos.

«Estamos en un momento apasionante», afirma Muñoz. «Equipos multidisciplinares trabajan con estas tecnologías para detectar eventos de forma precoz y responder antes. Todavía queda mucho camino por recorrer, especialmente para coordinar todos estos sistemas, pero avanzamos en la dirección correcta».

 

La importancia de la prevención

Ese cambio de paradigma ya está dando lugar a nuevas herramientas concretas capaces de adelantarse al riesgo.

Una de ellas es Famba, una plataforma desarrollada por el equipo de José Muñoz que utiliza inteligencia artificial para integrar información epidemiológica, climática y de movilidad con el objetivo de predecir el riesgo de enfermedades infecciosas.

Aplicación Famba

La plataforma ofrece recomendaciones personalizadas para viajeros internacionales —por ejemplo, estimando el riesgo real de contraer dengue en función del destino, la época del año o las condiciones ambientales—, pero también funciona como un sistema de vigilancia colectiva. Identificar qué situaciones son habituales en cada región y detectar desviaciones permite acelerar la respuesta sanitaria.

Otra forma de adelantarse a una pandemia consiste en estudiar los virus antes incluso de que encuentren un nuevo huésped. Ese es el objetivo de Zoorganoids™, el biobanco de organoides animales del IRTA, donde trabaja Gerardo Ceada. Gracias a organoides cultivados a partir de células madre de más de 40 especies animales, el equipo puede analizar cómo interactúan los virus con distintos huéspedes sin necesidad de experimentar con animales vivos.

Izquierda: Organoides pulmonares de cerdo infectados con el virus de la influenza A (H1N1) porcina. Citoesqueleto en blanco, núcleos en cian y virus en magenta. Derecha: Tanque de nitrógeno con muestras de organoides.

«Podemos infectar organoides de numerosas especies con un mismo patógeno para identificar qué animales podrían ser susceptibles de desarrollar la infección incluso  antes de que esta se produzca en la naturaleza», explica Gerardo Ceada.

Aunque emplean estrategias muy diferentes, proyectos como Famba y Zoorganoids™ comparten una misma idea: el enfoque “One Health”, según el cual la salud humana no puede entenderse de forma aislada.

«Durante décadas, la salud humana, la salud animal y el medioambiente se estudiaron por separado. Hoy sabemos que forman parte del mismo sistema», explica Muñoz. 

 

Un futuro prevenible

Probablemente no podamos impedir que aparezcan nuevos virus. Mientras existan patógenos capaces de saltar entre especies, seguirán surgiendo enfermedades emergentes. Pero eso no significa que estemos condenados a repetir una crisis como la de la COVID-19.

«Las pandemias no son totalmente evitables, pero sí cada vez más prevenibles y controlables», resume Ceada. La clave está en detectar las amenazas cuanto antes, comprender mejor cómo evolucionan los patógenos y actuar de forma rápida y coordinada antes de que un brote local se convierta en un problema global.

Y es que la posibilidad de una «enfermedad X» siempre seguirá existiendo en algún lugar del planeta. Y el objetivo final es claro: ser capaces de frenarla e incluso eliminarla antes de que se expanda. Pero, como apunta José Muñoz, «si logramos la detección precoz de la enfermedad y una respuesta rápida y coordinada, ya habremos conseguido mucho. Esa es la meta actual».

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