La salud del sueño
Publicado el 27/05/2026

Existe la falsa creencia de que dormir mal es un peaje inevitable del envejecimiento o de etapas como el embarazo y la perimenopausia, así como de que podemos recortar horas de descanso para ganar productividad, a menudo sin ser conscientes de que la privación crónica de sueño compromete nuestra salud.
Dormir bien no es solo descansar: es una necesidad básica e imprescindible que protege nuestro cerebro. A través de la mirada experta de la doctora Ana Fernández Arcos, neuróloga e investigadora del Barcelonaβeta Brain Research Center (BBRC), exploramos el motivo de que la calidad del descanso en el presente actúe como una barrera frente al deterioro cognitivo y el alzhéimer.
Dormir: un proceso activo de autocuidado
Lejos de ser un estado pasivo, el sueño es fundamental para restablecer funciones vitales. «Se trata de un proceso activo en el que se regulan y optimizan múltiples funciones del organismo. Durante el descanso, el cerebro reduce el consumo de oxígeno y glucosa, regula el sistema inmune y activa el sistema glinfático, responsable de la eliminación de residuos metabólicos del cerebro», detalla la neuróloga.
Además, el sueño es esencial para el desempeño cognitivo, pues permite «la consolidación de la memoria, el mantenimiento del rendimiento y una adecuada regulación emocional», nos cuenta Ana Fernández Arcos. No obstante, no basta con dormir, hay que hacerlo con calidad: las horas suficientes, de forma regular y sin largas interrupciones. Un buen indicador es «sentirse descansado al despertar y mantenerse funcional durante el día sin necesidad de estimulantes».
Sin embargo, los trastornos del sueño pueden ser silenciosos y tener un impacto a largo plazo en la salud. «Las apneas obstructivas del sueño pueden pasar desapercibidas en personas que duermen solas», advierte la neuróloga. Por ello, recalca que cuando hay problemas es vital complementar la percepción subjetiva con evaluaciones clínicas objetivas como la actigrafía o la polisomnografía, que permiten analizar fases críticas como el sueño de ondas lentas.
El sueño frente al deterioro cognitivo y la neurodegeneración
Diferenciar los cambios propios del envejecimiento normal del patológico es clave. Según explica Ana, mientras que la edad puede traer una menor agilidad mental que no interfiere en el día a día, el deterioro cognitivo real es persistente y progresivo. En este proceso, el sueño es determinante: a corto plazo, su falta afecta a la atención y la memoria de trabajo; a largo plazo, el sueño insuficiente y el prolongado se vinculan con cambios estructurales en el cerebro y con deterioro cognitivo futuro. Además, la investigadora destaca que la mala salud del sueño se asocia con una mayor acumulación de proteína beta-amiloide, uno de los sellos distintivos del alzhéimer.
La investigación liderada por el doctor Oriol Grau en el BBRC ha revelado que no todos somos igual de vulnerables. Fernández Arcos señala que «las mujeres parecen más susceptibles a las consecuencias del mal sueño», pues muestran un mayor efecto del sueño fragmentado sobre la estructura cerebral y un mayor impacto cognitivo del insomnio y las apneas del sueño. La experta añade que la edad también dicta reglas específicas: mientras que entre los 50 y los 64 el riesgo se asocia a duraciones extremas (menos de 7 o más de 9 horas), a partir de los 65 años existe mayor evidencia de asociación entre el sueño prolongado y el deterioro cognitivo.
La relación entre los trastornos del sueño y el alzhéimer es, en palabras de la neuróloga, «bidireccional»: los trastornos del sueño actúan como factores de riesgo neurodegenerativo y, a su vez, la propia enfermedad altera la calidad del descanso. Al fallar el sistema glinfático, más activo durante el sueño de ondas lentas, se ve favorecida la acumulación de las proteínas perjudiciales beta-amiloides y tau. Por último, la doctora advierte de que estas alteraciones podrían aparecer incluso antes de los síntomas clínicos y funcionar así como indicadores tempranos. Por ello defiende una intervención anticipada: «Debería hacerse un cribado de apneas en toda evaluación inicial».

Ana Fernández Arcos
Investigar para un futuro más sano
La investigación de Ana pretende descifrar cómo puede el descanso actuar como un biomarcador precoz al permitir identificar alteraciones antes de que aparezcan los primeros síntomas de enfermedad. Para ello, utiliza un enfoque que combina la percepción del paciente con medidas objetivas como la actigrafía, el estudio de apneas y la polisomnografía. «Nos centramos especialmente en estudiar el sueño como factor de riesgo de enfermedades neurodegenerativas», explica la neuróloga, que precisa que analizan variables críticas como la duración del sueño, su fragmentación o la proporción de sueño de ondas lentas.
En este camino resulta clave la cohorte ALFA del BBRC —un grupo de 500 personas sanas descendientes de pacientes con alzhéimer que forman parte de un estudio financiado por la Fundación ”la Caixa” cuyo objetivo es la detección temprana de biomarcadores de la enfermedad―, ya que permite estudiar de forma longitudinal los cambios en el sueño durante el envejecimiento, especialmente en fases preclínicas del alzhéimer. «Gracias a estos datos hemos podido observar que el insomnio se asocia con cambios estructurales en el cerebro detectados por resonancia magnética», señala la doctora. Y concluye que «la participación de los voluntarios permite analizar el sueño como una posible ventana temprana para detectar cambios cerebrales», lo que abre paso a estrategias preventivas eficaces.
Un nuevo pilar de la salud
El sueño está destinado a ocupar un lugar central en la medicina preventiva. La neuróloga e investigadora augura un cambio de paradigma: «Probablemente se consolidará como un pilar fundamental de la salud, al mismo nivel que la alimentación o el ejercicio. Avanzaremos hacia un enfoque más preventivo en el que el sueño será una herramienta para optimizar la salud cerebral y reducir el riesgo de enfermedad».
