«Universos de lo máximo y lo mínimo”
Publicado el 16/10/2025

A veces, basta con cambiar el ángulo desde el que miramos para descubrir que lo que antes parecían manchas de color, formas caprichosas y líneas que no llevan a ninguna parte son, en realidad, un mensaje.
Eso es lo que ocurre con esta nueva Instantánea CaixaResearch. Podría tratarse de una obra contemporánea —una textura artificial, abstracta y casi aleatoria—. Pero lo que vemos aquí va más allá del arte. Es una imagen científica que encierra un importante descubrimiento: la confirmación de que nuestro cerebro y nuestros intestinos se comunican de manera directa y bidireccional.
Para analizar esta imagen desde dos perspectivas —distintas y complementarias— contamos con Marc Claret (Institut d’Investigacions Biomèdiques August Pi i Sunyer – IDIBAPS, Barcelona), investigador principal del estudio publicado en Nature Metabolism y miembro de la red CaixaResearch, y con Gema Álava, becaria de la Fundación ”la Caixa” especializada en artes visuales.
Juntos desgranaremos los detalles que convierten los trazos, puntos y claroscuros de esta imagen en una obra de arte y, a la vez, en un gran avance científico. Comenzamos con Gema.
¿Qué título le pondrías a esta imagen? ¿Y por qué?
G: La manera en que interpretamos una imagen depende del lugar desde el que la miramos. Esta, por ejemplo, muestra algo que mi retina nunca vería sin la ayuda de un microscopio.
Por eso, ¿y si la viese desde la ventanilla de un avión? Los puntos blancos me recordarían a ciudades iluminadas en medio de la noche: aglomeraciones de edificios y carreteras junto a un fondo oscuro, que podría ser un desierto o un océano. En cambio, si la observara a través de un telescopio, me evocaría un cielo estrellado, infinito, abstracto.

Gema Álava
Esa doble lectura no es casual: existe una simetría visual entre lo microscópico y lo astronómico. Como si las estructuras que forman lo más pequeño y lo más grande respondieran a un mismo lenguaje geométrico. Por esa dualidad, por su capacidad de evocar tanto lo ínfimo como lo inmenso, titularía esta imagen Universos de lo máximo y lo mínimo.
Si se tratara de la obra de un artista, ¿de quién podría ser?
G: Me recuerda a las pinturas abstractas del artista americano Jackson Pollock. Sus obras están llenas de puntos y líneas de pintura suspendidos, casi flotando, que nacen del dripping, su técnica característica: dejar caer la pintura directamente desde el pincel o el bote sin tocar el lienzo. El resultado son formas llenas de dinamismo, como si fueran luces en movimiento.
Además, las figuras que genera tienen una particularidad: funcionan como fractales, lo que quiere decir que, a medida que te acercas, la imagen no cambia mucho su estructura. Es esa coherencia interna, esa complejidad contenida en cada nivel de escala lo que me conecta con la imagen científica que observamos.

© Pollock-Krasner Foundation / Artists Rights Society (ARS), Nueva York
Pero ¿en realidad qué estamos viendo, Marc?
M: Iluminadas en blanco, vemos un tipo de neuronas llamadas POMC (proopiomelanocortinas), que destacan entre varias estructuras celulares de distintos colores. Estas células se encuentran en una zona del cerebro conocida como hipotálamo y juegan un papel fundamental en la regulación del hambre y del metabolismo del organismo.
¿Y qué hallazgo se esconde detrás de esta imagen?
M: Hemos descubierto que ciertas neuronas del hipotálamo, como las POMC, pueden modificar la composición de las bacterias intestinales que forman la microbiota de manera muy rápida (en solo 2-4 horas).
Hasta ahora ya sabíamos que la microbiota influye en el cerebro, lo que se conoce como eje intestino-cerebro. Pero este estudio demuestra que también existe una vía inversa cerebro-intestino con la que el cerebro puede alterar las comunidades bacterianas intestinales casi en tiempo real.
Aunque todavía no entendemos del todo la finalidad fisiológica de este mecanismo, es posible que permita al organismo adaptar la gestión de nutrientes y energía tras cada comida.

Grupo de investigación de Marc Claret, IDIBAPS.
Parece un descubrimiento con gran potencial. ¿Qué impacto puede tener en el ámbito de la salud?
M: Además de ampliar nuestro conocimiento sobre el eje cerebro-intestino, la idea de que el cerebro puede influir en la microbiota en tiempo real abre un campo terapéutico completamente nuevo. Si logramos modular esta vía de manera específica y controlada, podríamos desarrollar tratamientos innovadores para enfermedades como la obesidad, la diabetes tipo 2 o ciertos trastornos digestivos.
No podemos acabar esta entrevista sin responder a una pregunta clave. Gema, ¿qué vínculo crees que hay entre el arte y la ciencia?
G: Somos nosotros quienes hemos creado las palabras arte y ciencia para diferenciar esos dos mundos, pero ambos nacen de lo mismo: experimentación, creatividad, observación, imaginación, curiosidad. Hay una cita de un pintor divisionista que lo resume muy bien: «No me siento artista, me siento un científico que experimenta con puntos de color».
El artista Georges Seurat, por ejemplo, dijo: «Hay quien ve poesía en mis obras. Yo solo veo ciencia». En cierto modo, los puntillistas inventaron los píxeles. Esa conexión entre método y expresión, entre estructura y emoción está en el corazón tanto del arte como de la investigación científica.
Y es que cuando la ciencia se acerca al arte —y el arte se acerca a la ciencia— surge algo más que una imagen bonita o un resultado experimental. Surge una nueva forma de mirar el mundo. Esta instantánea no solo nos invita a descubrir un hallazgo innovador sobre el eje cerebro-intestino; también nos recuerda que, desde lo máximo hasta lo mínimo, desde el arte hasta la ciencia, todo está conectado.
