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Afrontar la báscula desde la ciencia

Publicado el 26/01/2026

Preguntamos a las expertas, Guadalupe Sabio y Beatriz Cicuéndez: ¿Podemos afrontar la báscula desde la ciencia?

Empieza un año nuevo y, con él, nuevos —o renovados— propósitos. ¿Descubrir un hobby nuevo? ¿Apuntarse al gimnasio? ¿Empezar una dieta y perder peso? Es habitual que la báscula ocupe un lugar central en muchas de estas listas, así como también lo hace en los titulares actuales. 

Ozempic, Mounjaro o Wegovy. La irrupción de nuevos fármacos que prometen una pérdida de peso rápida y casi milagrosa ha vuelto a situar la báscula en el centro del debate social, desde la prensa hasta las redes y las conversaciones diarias. Pero ¿y si miramos más allá del número que marca el visor y llevamos la pregunta al laboratorio?

En este Preguntamos al experto proponemos cambiar el foco: de la urgencia por adelgazar a la necesidad de comprender el porqué del sobrepeso y sus consecuencias como un problema complejo de salud. Para ello, hablamos con Guadalupe Sabio, investigadora experta en metabolismo, y Beatriz Cicuéndez, doctoranda y becaria de la Fundación ”la Caixa”. ¿Qué dice la ciencia sobre cómo afrontar la báscula? ¿Existen soluciones milagro?

Empezamos:

 

«Es importante recordar que la obesidad realmente es una enfermedad del tejido adiposo», explica Guadalupe. «Y como tal, lo relevante no es solo cuánto tejido adiposo tenemos, sino también cuál es su estado y cómo funciona: ¿es sano o es disfuncional? Centrarnos únicamente en el número que marca la báscula es quedarnos en la parte más superficial del problema». 

Guadalupe Sabio

«Además, el peso es un dato incompleto», añade Beatriz. «Necesitamos análisis más complejos para conocer qué parte del peso es músculo, hueso o grasa, y qué tipo de grasa».

 

  • Cuando hablamos de peso corporal, ¿qué factores suelen pasarse por alto?

«A menudo, el foco se centra en los hábitos individuales y se olvidan aspectos biológicos fundamentales», subraya Sabio. «Como por ejemplo que el tejido adiposo es un órgano más y, como cualquier órgano, puede enfermar y necesita cuidados. Su salud es clave porque regula el metabolismo de otros órganos y cuando está alterado puede contribuir a enfermedades como diabetes o hígado graso, o incluso aumentar el riesgo de ciertos tipos de cáncer. Sin embargo, estos mecanismos rara vez se mencionan en la conversación pública». 

«A estos factores se suman los elementos biológicos propios de cada persona», explica Cicuéndez. «La predisposición genética, modulada por factores ambientales —lo que llamamos epigenética—, tiene un peso enorme. Además, cada persona tiene un metabolismo basal distinto, que también está influido por alteraciones hormonales, algunos medicamentos, la calidad del sueño, el estrés o incluso la microbiota intestinal, que determina cómo absorbemos y utilizamos la energía». 

 

«Estos fármacos se basan en moléculas que descubrimos al estudiar cómo se comunican los órganos entre sí», explica Sabio. «El intestino, por ejemplo, envía señales al cerebro para indicar saciedad. Una de ellas es el GLP-1, una proteína que le dice al cerebro que deje de comer». 

Además de reducir el apetito, el GLP-1 regula el metabolismo y la acción de la insulina en órganos como el hígado. «Una vez que se entendió esta función, la estrategia fue modificar esta proteína para que durara más tiempo en la sangre y potenciar así sus efectos beneficiosos», añade. 

 

  • Beatriz, ¿por qué estos fármacos han generado tanta expectación médica y social?

«Encontrar medicamentos eficaces y con efectos secundarios asumibles para una enfermedad crónica como la obesidad, que afecta a órganos clave como el corazón o el hígado, ha sido un gran reto», explica Cicuéndez. «Lo innovador de estos fármacos es que aprovechan una molécula que ya existe en nuestro organismo y actúa de forma natural. Esto mejora su perfil de seguridad y reduce las probabilidades de efectos adversos graves». 

Beatriz Cicuéndez

«Los efectos secundarios más frecuentes son gastrointestinales, como náuseas o malestar digestivo, especialmente al inicio del tratamiento», explica Beatriz. «Aunque en general se consideran fármacos seguros, todavía quedan incógnitas importantes, sobre todo en relación con su uso a muy largo plazo. La obesidad es una enfermedad crónica y eso implica tratamientos prolongados, por lo que necesitamos más datos para entender completamente sus efectos mantenidos en el tiempo». 

«Otro aspecto relevante es que, además de perder grasa, estos fármacos pueden provocar pérdida de masa muscular. Por eso es fundamental combinarlos con ejercicio físico para minimizar ese efecto. No debemos olvidar que se trata de un medicamento: su uso no puede ser ligero ni con fines estéticos, sino siempre supervisado, equilibrando los beneficios frente a los posibles efectos secundarios». 

 

  • Además de este tipo de tratamientos, ¿existen otras estrategias de tratamiento alternativas contra la obesidad?

«A diferencia de la grasa blanca, que todos conocemos y cuya función principal es almacenar energía, la grasa parda tiene un papel distinto: genera calor a través de un proceso llamado termogénesis», explica Beatriz. «En lugar de acumular calorías, las “quema” para mantener la temperatura corporal. Nuestra investigación se centra en cómo podemos activar esa grasa parda para combatir la obesidad». 

«Hasta el momento hemos identificado una proteína, llamada MCJ, que actúa como un “freno” en las mitocondrias —el motor energético de las células— de la grasa parda. Al reducir o eliminar esa proteína en modelos animales, observamos que la grasa parda se activa significativamente. Esto no solo ayuda a quemar más energía y protege frente al aumento de peso, incluso con dietas ricas en grasas, sino que además evita la acumulación excesiva de grasa sin afectar la masa muscular», detalla. 

Izquierda: microscopía electrónica del tejido adiposo marrón del ratón sin la proteína MCJ, que muestra alteración en sus mitocondrias. Derecha: diferencia de temperatura en el tejido adiposo marrón en un ratón sin MCJ en el tejido adiposo marrón (sh MCJ) y un ratón normal (sh empty). 

Los beneficios no terminan ahí: «Hemos visto que la activación de la grasa parda reduce los niveles de glucosa en sangre, mejora la sensibilidad a la insulina y favorece un perfil de colesterol más saludable», afirma Cicuéndez. «Todo esto la convierte en una estrategia prometedora para tratar la obesidad y enfermedades asociadas, como la diabetes tipo 2», añade. 

No obstante, subraya la investigadora, cualquier intervención debe tener en cuenta el papel complejo del tejido adiposo en el organismo. «La grasa blanca no es solo una reserva de energía: funciona como un órgano endocrino, liberando hormonas y señales que regulan el metabolismo. Algo similar ocurre con la grasa parda, que, además de generar calor, parece desempeñar funciones endocrinas clave, pues influye en el metabolismo de órganos distantes». 

 

  • Mirando al futuro, ¿cómo creéis que cambiará la forma de investigar, entender y tratar la obesidad en los próximos años?

«Es importante recordar que muchos de los fármacos que utilizamos hoy proceden de descubrimientos realizados hace más de veinte años en investigación básica», señala Guadalupe Sabio. «Sin ese conocimiento previo, los nuevos tratamientos contra la obesidad no habrían sido posibles. La investigación básica nos permite entender los mecanismos que están en el origen de la enfermedad y abrir la puerta a terapias más eficaces, más seguras y mejor adaptadas a cada persona. Sin ella solo tratamos las consecuencias. Es el pilar de la medicina: igual que no se puede construir una casa sin buenos cimientos, no podemos descuidar la base sobre la que se sostienen los avances científicos». 

«La investigación avanza hacia una medicina más personalizada y esto es clave: personas con el mismo peso pueden tener estados metabólicos muy distintos», explica Cicuéndez. «El gran reto actual es identificar marcadores que nos permitan saber cuándo está sano el tejido adiposo y cuándo está enfermo». 

Solo así, concluye, «dejaremos de tratar a todos los pacientes de la misma manera y podremos afrontar la báscula desde la ciencia: no como una obsesión por perder kilos, sino como una herramienta para cuidar mejor la salud a largo plazo». 

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