sábado 28

Enfermedades mitocondriales con Albert Quintana

Publicado el 28/02/2026

 

Una enfermedad rara es, por definición, aquella que afecta a menos de 1 de cada 2.000 personas. 

Por eso se llaman raras. Aunque, si consideramos que existen 7.000 tipos diferentes y afectan a 300 millones de personas —una cifra similar a la población de Estados Unidos—, tal vez no lo son tanto. 

Teniendo en cuenta estas cifras, la Organización Mundial de la Salud (OMS) aprobó en 2025 por unanimidad de sus 194 países una resolución histórica: un documento que reconoce estas enfermedades como una prioridad de salud global y establece un plan de acción a 10 años vista. ¿El objetivo? Incorporarlas a las agendas nacionales, aumentar la inversión en su investigación e impulsar el intercambio de datos entre países. 

Dentro del amplio grupo de patologías que recoge esta resolución hay algunas especialmente complejas y devastadoras: las enfermedades mitocondriales, causadas por alteraciones en las mitocondrias, los orgánulos celulares responsables de generar la energía que necesitan nuestras células para funcionar. 

Hoy, en el Día Mundial de las Enfermedades Raras, ponemos el foco en estas patologías a través de un Pregutamos al experto con Albert Quintana, investigador de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) experto en el papel de las mitocondrias en estas enfermedades. 

Empezamos: 

¿Qué son las mitocondrias y por qué se las conoce como los «motores energéticos» de la célula?

Albert Quintana lo resume así: «Las mitocondrias son componentes clave no solo para la energía, sino también para el funcionamiento general de la célula. Son orgánulos muy particulares: tienen su propio ADN mitocondrial, que, aunque reducido, contiene información esencial para que la célula funcione correctamente. Y esto se debe a su origen, tan curioso: provienen de una protobacteria que, hace unos dos mil millones de años, se alió con el precursor de las células actuales». 

Albert Quintana

Esta alianza, explica Quintana, ha sido beneficiosa tanto para la mitocondria como para la célula. La mitocondria traduce los nutrientes que ingerimos en energía, generando así más del 80 % de la energía celular, mientras que la célula produce el 99 % de las proteínas que la mitocondria necesita. «Esta cooperación evolutiva», apunta Quintana, «permitió el desarrollo y la complejidad de los organismos actuales». 

 

¿Qué otras funciones tienen las mitocondrias que las hacen indispensables para nuestras células?

«Si bien la producción de energía es su función más conocida, las mitocondrias también actúan como centros de control del funcionamiento celular», responde Quintana. «Integran información sobre el estado de la célula, regulan su metabolismo y cada vez hay más evidencia de que son imprescindibles para la respuesta inmunitaria». 

«La combinación de todas estas señales convierte las mitocondrias en elementos fundamentales para determinar la supervivencia o la muerte celular». 

 

¿Y qué ocurre cuando las mitocondrias «fallan»?

«Si usamos un símil reciente, lo que ocurre en las enfermedades mitocondriales es parecido a lo que vivimos en España el 30 de abril de 2025: un apagón, un fallo que no permite generar la energía necesaria», explica Albert. 

Cuando las mitocondrias dejan de funcionar correctamente, la fuente principal de energía de la célula desaparece. «Los tejidos que más energía consumen —como el sistema nervioso y los músculos— son los más afectados», continúa Quintana. «Algunas células pueden recurrir a mecanismos alternativos para producir energía, como “generadores de emergencia”, pero no todas disponen de ellos y, cuando existen, no son ni tan eficientes ni sostenibles como la energía mitocondrial», aclara. 

«Por eso, las disfunciones mitocondriales severas pueden dar lugar a un conjunto de patologías neuromusculares conocidas como enfermedades mitocondriales». 

 

¿Cómo se definen estas enfermedades? ¿Y cuál es su origen?

«Son un grupo de enfermedades con un rasgo común: la incapacidad de las mitocondrias para generar energía de manera eficiente», indica Albert. 

«Afectan aproximadamente a 1 de cada 5.000 nacimientos y su origen son mutaciones genéticas que pueden encontrarse tanto en el ADN nuclear como el ADN mitocondrial». 

Se trata de enfermedades complejas y con síntomas muy variados, ya que dependiendo de su ubicación varían la gravedad y el tejido al que afectan: «Si la mutación está en el ADN nuclear, la herencia suele ser clásica: se requieren dos copias mutadas y todas las células se ven afectadas. Por eso, los síntomas aparecen pronto». 

Izquierda: Microscopía electrónica de una mitocondria. Crédito: Laura Cutando, UAB. Derecha: Núcleo (azul) y red de mitocondrias (rojo). Crédito: Marta Luna, UAB

En cambio, las mutaciones en el ADN mitocondrial se heredan exclusivamente por vía materna. El óvulo puede contener una mezcla de mitocondrias sanas y mutadas que se distribuyen al azar en cada célula durante el desarrollo. «Esto significa que la enfermedad varía según la proporción de mitocondrias mutadas en cada tejido, un fenómeno conocido como heteroplasmia. Cuanto mayor es la proporción de copias mutadas, más temprano y severo será el inicio de los síntomas», continúa, «aunque la afectación puede variar según cuáles sean los órganos que reciban una carga mayor de mutaciones durante el desarrollo». 

 

Por el momento no hay cura para estos casos, pero ya empezamos a leer los primeros titulares que señalan haber encontrado una. ¿Qué tratamientos se están investigando? ¿Qué futuro tienen estas promesas?

«Dado su fuerte componente genético, las estrategias terapéuticas se concentran en dos vías principales», explica Quintana. «Por un lado, reemplazar el gen mutado mediante terapia génica o celular; por otro, compensar los efectos de la disfunción de las proteínas afectadas». 

De estas dos, «la terapia génica podría ser una solución definitiva en el futuro, pero aún se enfrenta a grandes desafíos técnicos», advierte Quintana, «como lograr que el gen corregido se exprese en todas las células afectadas o revertir el daño una vez que la enfermedad ya se ha iniciado». 

En paralelo, la búsqueda de fármacos capaces de frenar o ralentizar la progresión de la enfermedad es un campo especialmente activo. «Hay resultados prometedores en preclínica, pero ahora toca evaluarlos en ensayos clínicos y ver si funcionan en distintos tipos de enfermedades mitocondriales o solo en casos muy concretos». Dada la gran diversidad de mutaciones y manifestaciones clínicas, este punto será clave para el impacto de estas terapias. 

 

Centrándonos en tu investigación, ¿cómo llegaste a estudiar estas enfermedades? ¿Qué estás investigando actualmente?

«Durante mi posdoctorado en Seattle trabajé con un modelo animal del síndrome de Leigh, la enfermedad mitocondrial pediátrica más común, que provoca una fuerte afectación neurológica», recuerda Quintana. «Allí entré en contacto con asociaciones y familias de los pacientes, lo que me dio perspectiva sobre la importancia social de la investigación. Desde entonces, la interacción con ellas es una prioridad en mi proyecto». 

«Después empecé mi línea de investigación actual, que surge de una pregunta: ¿Por qué, delante de una misma mutación mitocondrial, unas neuronas mueren y otras sobreviven?». Entender los mecanismos que activan unas células y protegen otras podría guiar futuros tratamientos. «Tratamientos que nos permitan evitar la muerte de estas neuronas y, por consiguiente, los síntomas neurológicos». 

 

Para cerrar, ¿qué mensaje te gustaría transmitir a la sociedad sobre estas enfermedades?

«Me gustaría enfatizar que clasificarlas como raras, visibilizarlas y promover su investigación es especialmente relevante, no solo para curar las enfermedades mitocondriales, sino también para entender procesos básicos del funcionamiento de nuestras células, con implicaciones en una gran variedad de patologías», afirma Albert. 

«Pero, sobre todo, quisiera dejar claro que, aunque sean enfermedades poco frecuentes a escala individual, hay una gran cantidad de grupos de investigación, tanto en ciencia básica como clínica, centrados en buscar una cura. Las familias deben saber que su fuerza, su empuje y su incansable motivación son las que nos impulsan a seguir por este camino, por complicado que parezca». 

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